KC 2/10: Vecindario en Hirakata

6 10 2011

En esta ocasión, una vez más aclimatado al sitio, me tocó hablar le la ciudad en la que vivo. Esas fueron mis impresiones del primer mes y medio en Hirakata.

Originalmente publicado en Keihan Chronicle el 29 de setiembre del 2009.

Yo vivo en Hirakata, la misma ciudad donde se encuentra la universidad de Kansai Gaidai. Si nos ceñimos a los datos, Hirakata es una ciudad con más de 400.000 habitantes, y eso no es una cifra nada despreciable, especialmente si se compara con mi ciudad natal, que cuenta con apenas la mitad de habitantes. A pesar de ello, cuando hablo de Hirakata con algunos de mis compañeros japoneses de la universidad, a menudo oigo expresiones como “Hirakata es un pueblo rural, de campo” (lo que se entendería por la expresión japonesa ‘inaka’).

¿Ciudad o pueblo?

Al principio es una afirmación un tanto chocante, pero una vez has pateado un poco el sitio entiendes lo que quieren decir. Independientemente de lo grande sea, puedes sentirte como si pasearas por un pueblo. Callejones silenciosos, campos de arroz en los sitios más inesperados, poca gente por las calles… ¿Dónde se esconde ese casi medio millón de personas? Incluso en el centro, en los alrededores de la Estación de Hirakata, es raro ver multitudes. En resumen, por lo que he podido ver en el mes y medio que llevo en Hirakata, puedo decir que se trata de una ciudad más bien “poco urbana”.

Nada de multitudes
El término de ciudad poco urbana puede sonar extraño, pero no es necesariamente algo malo. Estando situada a apenas 30 minutos de súper-urbes como Osaka y Kyoto, ¿quién necesita calles atestadas, luces de neón y altavoces ruidosos? Una zona tranquila es necesaria, aunque en ocasiones pueda inspirar aburrimiento. Por la poca gente que puede verse en las calles durante el día uno puede imaginarse que muchos dejan cada mañana sus casas para ir a trabajar fuera, quizás en las grandes ciudades dónde los negocios y las grandes empresas se reúnen, incansables metrópolis que nunca duermen. Sin embargo esas personas tienen un lugar tranquilo donde volver y deshacerse del estrés acumulado durante el día, un lugar al que llamar “dulce hogar”. Hirakata es sólo un ejemplo más de ese tipo de lugares, pero como hogar de tantos miles de personas que es (entre las que me podría incluir a mí mismo), es también un lugar muy especial, una comunidad bien definida con su propia identidad, al fin y al cabo.

La paz se respira en el aire

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